Bajo la sombra del buho. II.I.

 
Estaba allí, agazapado un día más entre los bancos de aquella pequeña ermita.
Él la esperaba al lado del altar, encendiendo unas velas con la ayuda de un pequeño fósforo que sacó de uno de sus bolsillos.
Oí el crujido de las puertas de madera y me giré al instante. Allí estaba ella, hermosa como cada día, pero con una sonrisa en la cara como hacía años que no vislumbraba.
Él se dedicó a recibirla con los brazos abiertos, se abrazaron y  comenzaron a besarse apasionadamente dirigiéndose poco a poco hacia el altar, en el cual aquel hombre ya se había ocupado de simular un lecho digno de cualquier  realeza, con suaves mantas y almohadas.
Siguieron besándose, cada vez con más pasión, usando sus manos para explorar el cuerpo del otro, recorriendo uno a uno los rincones y curvas de sus cuerpos cada vez más calientes, tumbados en el altar. Él le arrancó la ropa, la puso boca abajo, se bajó sus pantalones, y comenzó a penetrarla con fuerza mientras ella no oponía resistencia alguna.
Sentía como me hervía la sangre dentro de las venas mientras observaba aquella imagen tan lacerante que quemaba mis ojos.
Entonces la vi, vi esa mirada suya, entre gemidos de placer vi en su cara una expresión que estando conmigo no había observado nunca. Una cara de pleno disfrute, de plena felicidad.
No me pude contener, eso era demasiado, una cosa era que me engañara, y otra muy distinta el sentir, el ver que amaba a otro hombre que no fuera yo, y descubrir que era realmente feliz estando con él.
En aquel momento, aprovechando que ella giró la mirada hacia el otro lado, emergí de mi escondite, agarré la pequeña navaja que llevaba siempre encima, entre mis nerviosas y rudas manos, me acerqué en silencio, y rodeando su cuello con mi brazo, dejando un pequeño espacio de piel a la vista, con ayuda de mi navaja, le rebané la yugular.
La sangre corría a borbotones por su cuerpo, hasta que llegó al altar, a la vista de ella.
            -¿Qué es esto?- dijo horrorizada girando la vista.
En ese momento dio con la imagen que yo mismo acababa de crear, aquel hombre con el cuerpo tintado de ríos de sangre y sin vida.
Sé quedó pálida, intentando escapar de allí con todas sus fuerzas, quitándose de encima a ambos hombres que la oprimían contra el altar, pero no resultó.
Agarré a aquel hombre que acababa de matar encima de mi mujer y lo empujé lo más lejos posible.
Ella seguía intentando escapar o al menos llamar la atención de alguien entre alaridos de terror y ansiedad ante aquella situación, pero sirvieron de poco.
La rodee con mis brazos, forzándola a que me mirara a los ojos, a que al menos tuviera la decencia de hacerlo después de todo lo que me había hecho sufrir.
            -¿Cómo te atreves a hacerme esto? Después de todo el amor que te he conferido… ¿así me lo pagas?- le dije entre gritos y sollozos.
No daba crédito a lo que acababa de ver, esa mirada había bastado para que todo lo que llevaba acumulando durante este último mes sirviese de detonante para acabar de volverme realmente loco y hacer lo que estaba haciendo. No me sentía dueño de mis actos, sólo tenía dolor y sed de venganza; sentía que el corazón iba a explotar dentro de mi pecho, y las venas hervían tras mi piel.
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