Bajo la sombra del buho. II.II.

Ella seguía intentando escapar de mis brazos, forcejeando, llorando y gritando. Pero nadie la oía, nadie la podía ayudar. La ermita estaba lo suficientemente lejos para que nadie escuchara nada en la aldea…ni los gemidos de sus placenteras noches, ni los alaridos de esta noche.
            -¡Para de moverte ya! ¡Y mírame, maldita zorra! ¡Dime, contéstame! ¿Por qué?
Pero no me contestaba, su respuesta fue muy clara, me escupió en la cara y siguió forcejeando.
En aquel instante no pude aguantar más, volví a coger mi navaja, la rabia y el dolor me poseyeron en aquel momento, la tiré al suelo y la apuñalé en el corazón todas las veces que pude, hasta que sentí que ya no se movía.
 La rabia se esfumó de golpe. Me miré las manos…no daba crédito a todo lo que acababa de pasar. ¿Cómo podía haber llegado a esto? Estaba horrorizado ante aquella imagen fruto de mis propias manos, manos manchadas, manos llenas de sangre empuñando una navaja que había matado a un hombre y había apuñalado a la mujer que más había amado en toda mi vida, dejándole al descubierto un corazón mutilado ante mis ojos.
De repente, las lágrimas comenzaron a inundar mis ojos sin medida alguna.
            -¿Papá?
Levanté la mirada al oír la voz de mi pequeña, nuestra pequeña, ahora en las puertas de esa pequeña ermita, ante tal atrocidad que acababa de cometer.
            -¡No te acerques hija! ¡Sal de aquí! ¡Vete a casa! ¡Corre!- le espenté dichas palabras como una fiera, con toda la fuerza posible que quedaba dentro de mí.
Pero ella ni se inmutó…se fue acercando más y más hasta estar a mis pies, tranquila y fría como una roca.
            -Papá, ¿qué ha pasado?
En ese momento dirigió la mirada al suelo y vio a su madre en un enorme charco de sangre, subió la mirada hasta mis manos, y continuó hasta llegar a mis ojos.
Me di cuenta que sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas hasta tal punto que comenzaron a resbalar por sus mejillas, y aun así con una cara impasible.
Quieta como una gran piedra de hielo que comenzaba a derretirse por los ojos…y de repente un alarido salió de su boca, a pleno pulmón como sólo puede salir de una pequeña niña de 5 años. Entre tanto silencio, una estatua impasible de la que salió un aullido de dolor, rabia, impotencia e incomprensión.
En ese mismo instante una luz comenzó a surgir procedente del interior de esa pequeña a la que yo tanto quería…una luz que acompañaba al potente alarido de dolor, haciéndose cada vez más y más potente, hasta el punto de poder cegar la vista a cualquier ser presente en esa estancia.
Un resplandor cegador, y de repente…la nada.
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