Bajo la sombra del buho. III.II.

 
 
El joven se puso a servir la ronda prometida a los presentes, y al acabar cogió otra jarra para él;  mientras, ella lo observaba en silencio. Al fijarse bien en sus ojos un calambre le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, tenía algo en la mirada que le llamaba la atención, le resultaba familiar, aunque sabía que nunca se había encontrado con él hasta ahora, ella siempre recordaba muy bien quien se cruzaba en su camino, y siempre tenía una intuición especial para poder ver a través de los ojos de las personas.
El posadero era un joven con apariencia normal y un cuerpo bastante atlético, algo que a día de hoy era necesario, nunca sabías cuando puede aparecer la lucha. Una mirada misteriosa, risueña, pero a la vez de hombre, un hombre que ha vivido mil batallas, pero a la vez se esconde tras la barra e intenta pasar desapercibido por alguna razón.
Los pequeños detalles desvelaban todo eso ante sus ojos. La manera en la que servía rápidamente a unos, y en la que sin embargo, nacía una pequeña sonrisa cuando servía a otros…, la forma cordial de atenderlos, pero a la vez amigable…, la facilidad para distraer cuando alguien le preguntaba algo más personal, y la mirada que juzga, cuando se acercaban personas que se notaban no ser de su agrado… Todo un conjunto que unido a la intuición que en ella pocas veces fallaba, había delatado a un gran muchacho ante sus ojos, sin ni siquiera conocerlo realmente.
Con el alcohol rondando por toda la posada el incidente anterior pareció no haber ocurrido nunca, y se inundó todo de gran jolgorio, risas y bailes hasta altas horas.
Cuando la gente fue abandonando la sala, el posadero se acercó:
-Si me acompañas te llevaré a tu alcoba, pero los animales deben quedarse aquí abajo.
-Creo que con las monedas que te di antes podrías pasar ese pequeño e insignificante detalle por alto, ¿no crees?.-contestó ella con picardía en la mirada.
-Si tengo que devolverte parte de las monedas que me diste por ello, no tengo ningún problema.-dijo él balanceando en la mano la bolsa con monedas que ella le había dado anteriormente.
-Son animales muy limpios, no van a destrozar nada.
-Como he dicho, mi posada, mis normas, si no estás de acuerdo, sabes dónde está la puerta.-contestó él tajante.
-De acuerdo.-dijo ella dándose por vencida mientras se despedía con un gesto cariñoso del perro y el ave fénix.
-Puedes estar tranquila, dejo todo cerrado, nadie los molestará, seguirán aquí cuando despiertes, eres la única persona que pasa aquí la noche a parte de mí hoy, y mañana no abro hasta la hora de comer.-el tono del joven había cambiado y se había vuelto más dulce- Sígueme.
El joven le guió por una estrecha escalera de madera que había en una esquina de la sala, subieron hasta dar con un pasillo con varias puertas, le señaló la más cercana a las escaleras:
-Puedes pasar la noche aquí.
-Gracias- contestó ella.
-Si necesitas cualquier cosa, duermo en la puerta del final del pasillo- dijo señalando la puerta más alejada, de aspecto oscuro, viejo e incluso magullado.
-De acuerdo, gracias y que pases buena noche- diciendo esto, ella abrió la puerta de su cuarto.
-Espera- articuló él de repente mientras su mano se posaba en el brazo de la chica.
En ese momento ella le lanzó una mirada amenazante a los ojos, y después a la mano que se posaba en su brazo.
-Perdona,- dijo apartando su mano rápidamente- no me has dicho tu nombre.
-Tampoco lo has preguntado anteriormente.
-Cierto, así que, ¿cómo es su nombre?- le pregunta el joven haciendo una reverencia burlona.
-Déjate de aspavientos, no son necesarios. Mi nombre es Desiledia.
-Pues buenas noches Desiledia.-y dicho esto se volteó y dirigió hacia el final del pasillo.
-¿Y el tuyo?¿Tu nombre?- contestó alzando la voz Desiledia.
-Samael- dijo el joven sin ni siquiera girar la vista, justo antes de entrar a su cuarto.

-Buenas noches Samael…-dijo ella entre susurros, con una sonrisa en la boca y cerró la puerta de su habitación.

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